Solemnidad del Corpus Christi Ciclo A: “Yo soy el pan bajado del cielo”
(Jn 6,51-59)

 

   La Palabra de Hoy

1ª Lectura:   Deuteronomio 8,2-3.14-16 

“Te ha alimentado en el desierto con el maná”                        

  Salmo: 147
  “Te sacia con flor de harina”

2ªLectura:    1 Corintios 10,16-17        
  “Si el pan es uno solo…., todos formamos un solo cuerpo”

Evangelio:    Juan 6,51-59
   “El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna”

 


 



 


 

 

PALABRA DE VIDA


          El Señor alimenta a su pueblo y le da de beber para viva y no muera. Desde la Palabra de hoy, este sería el lema o motivo de esta celebración del Corpus Christi. Así, al salir de Egipto, Dios alimentó y sació a su pueblo por la travesía del desierto, con el maná y con el agua que brotó de la roca. En el evangelio de Juan se presentará a Jesús como el verdadero pan bajado del cielo. Su cuerpo y su sangre son verdadero alimento para la vida eterna. Este alimentarse tiene unas consecuencias, según San Pablo: los que comen juntos de ese pan único, no puede luego vivir desunidos.     
          El pan eucarístico sigue las leyes de todo pan ofrecido por el padre de familia a los suyos. El pan, en efecto, no tiene significado especial en sí mismo; ha tenido que haber alguien que lo ganara y que lo fabricara, y no tiene sentido sino en cuanto que alguien lo va a comer. Al hacer entrega del pan, que representa su vida y su trabajo, el padre y la madre de familia pueden decir en cierto modo: "este pan es mi carne entregada para mis hijos" (v. 51), mientras que los comensales, al participar de ese pan, comparten en cierto modo la vida misma de quien se lo ha dado (v. 54). Si los padres y los hijos pueden cargar de un significado profundo al pan cada vez que lo comparten, ¿por qué Jesús, que es el hombre más perfecto que haya existido, no habría de poder dar al pan una significación completamente nueva, al nivel de la profundidad del ser del que vive, y hacer de él la participación de su vida con el Padre y el elemento constitutivo de un nuevo tipo de humanidad impregnado de vida eterna?
        El evangelio de hoy, en su comienzo, recoge las afirmaciones finales del domingo pasado para cuestionarlas. El cuestionamiento lo hacen también los maestros responsables de la formación del pueblo. Seguimos pues en el debate iniciado el domingo pasado. Los maestros insisten en cómo una persona física puede tener capacidad de ser alimento para los demás.
          En su respuesta reafirma Jesús que él es el alimento de vida eterna en su calidad de Hijo del Hombre enviado por el Padre. Entre el Padre y él hay una comunión de vida que le constituye a él en el alimento y bebida verdaderos. En esa misma comunión de vida entra todo el que se alimenta de Jesús.
          Puesto que la Ley procede y deriva de Dios, los maestros de Israel podían atribuirle las cualidades y virtualidades como se reflejan en los Salmos: le ley del Señor es perfecta, genera sosiego, instruye, ilumina, es más preciosa que el oro, más dulce que la miel. La consideraban fuente de libertad, bienestar y vida. Era sinónimo de sabiduría y amor. El texto de hoy fundamenta la supremacía de Jesús sobre la Ley en algo que ésta no podía en absoluto poseer: la capacidad de comunión personal. Jesús es alguien, no algo. Alguien distinto del Padre y en comunión con El. Alguien que vive la misma vida del Padre y que por vivirla la puede transmitir a otros, haciéndoles capaces de ser hijos del Padre. A una persona no la Ley, por divina que ésta sea, lo que de verdad puede saciar sus aspiraciones. Como personas creyentes vivimos la increíble sorpresa de poder comer el cuerpo de Cristo y beber su sangre, entrenándonos para la vida de Dios.
          La Eucaristía proporciona una comunión real de vida y de destino con la persona de Jesús. Lo acentúa nuestro texto de varias maneras: el cuerpo de Jesús nos hace participar en la resurrección, nos hace vivir "por Cristo", que es vida "para siempre". Ello hay que entenderlo no de una manera mágica, sino como una comunión auténticamente personal. La clave de comunión es, además, típica de la teología del evangelio de Juan: comunión de Cristo con el Padre (Jn 10, 38; Jn  14, 10-11), del discípulo con Cristo (Jn 15, 4-10), y del creyente con el Padre y con Cristo (Jn 17, 21-23).
         Cristo cumple las expectativas del Antiguo Testamento: es el verdadero Moisés que nos nutre con el maná de la Eucaristía, es la verdadera Sabiduría que nos ofrece el pan y el vino de su Palabra y de su Persona presente en el Sacramento. Esa vida de Cristo nos compromete a ponerla en obra en nuestra vida de cada día, como nos indicaba Pablo.
       

PARA LA REFLEXIÓN Y EL DIÁLOGO

  •  “El que como mi carne…vive en mi y yo en él” ¿Vivo la Eucaristía como un rito litúrgico rutinario, o es expresión de mi fe con Jesús y comunión con él?
  • “El pan que yo daré es mi carne, Yo la doy para la vida del mundo” ¿Cómo orientan estas palabras a vivir mi compromiso cristiano?
  • ¿Qué significarían, según esas palabras, vivir “Eucarísticamente”?  






















     

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