Solemnidad de Santa María Madre de Dios Ciclo A:“María conservaba todas las cosas en su corazón”
(Lc 2,16-21)

 

  La Palabra de Hoy

1ª Lectura: Números 6,22-27

  “El Señor haga brillar su rostro sobre ti”      

 Salmo 66
  “El Señor tenga piedad y nos bendiga”

2ªLectura:   Gálata 4,4-7                         
  “Nacido de una mujer”

Evangelio: Lucas 2,16-21
   “María conservaba todas las cosas en su corazón”
















 


 

 

PALABRA DE VIDA

          La mujer está en la trama de la historia de la salvación. Dios actúa a través de las realidades concretas que él ha creado, desde ellas y en ellas, encarnándose y encarnado en el mundo real. Por eso, para la llegada del Mesías, la mujer abrirá la puerta sellada, la puerta de los tiempos mesiánicos; no sólo el hombre: el Bautista. Los dos primeros capítulos del evangelio de Lucas están dominados por una mujer concreta, “su nombre era María”.

          La acción de la mujer en la historia santa es absolutamente personal. Reposa sobre un acto de fe, de confianza y, a la vez, de intrepidez. No es un mediante un  acto pasivo, biológico, sino activo. De esta historia, la mujer recibe un impulso decisivo para emanciparse de una multisecular situación de relegamiento y discriminación, para asumir con sus propias manos las riendas de su destino, para entrar en un diálogo con el hombre como interlocutor de igual dignidad y personalidad.
          El evangelio de hoy nos narra la adoración de los pastores. Pero ¿quiénes son estos pastores a los que el ángel del Señor ha dirigido su mensaje? Siguiendo una tradición antigua se les identifica con los pobres de la tierra, los que viven alejados de los pueblos y no pueden cumplir reglamentos de la ley ceremonial de los judíos. Todas estas notas parecen ser auténticas. Sin embargo, no podemos olvidar que nos hallamos en Belén, ciudad del rey David, que fue pastor, llamado por Dios de entre el rebaño; tampoco olvidemos a Abraham y los patriarcas, que, siendo pastores, escucharon la llamada de Dios y recibieron su visita. En otros pueblos del oriente antiguo se han contado historias más o menos semejantes. Por todo eso pensamos que los pastores del relato no son simplemente los pobres y alejados, sino también aquéllos que están prontos a escuchar la voz de Dios y a fundar su nuevo pueblo entre los hombres.
          Sea cual fuere su sentido definitivo, lo cierto es que los pastores aceptan la palabra del ángel, se dirigen a observar el signo y encuentran al niño acostado en el pesebre. Hasta aquí todo parece más o menos lógico. Lo verdaderamente extraño es que el signo les convenza, que hagan suyo el evangelio, creyendo que ha nacido el Salvador, y alaban a Dios por todo ello.
         Nosotros, lo mismo que los pastores, nos movemos aquí en el plano de la paradoja fundamental del cristianismo: vemos por un lado a un niño, envuelto en los pañales, indefenso, sencillamente un hombre; o vemos si se quiere a un pretendido profeta del Señor que muere ajusticiado. Tal ha sido el signo, el de Belén o el del Calvario. Pues bien, sobre ese signo se descorre la palabra de la manifestación radical de Dios que anuncia: Os ha nacido,(ahí lo tenéis. el salvador, el Mesías de la esperanza de Israel, el Señor de todo el cosmos. Ante esa paradoja, los pastores han respondido como creyentes. En ellos, que eran tal vez los más pequeños de la tierra, ha comenzado a brillar como en Abraham, la nueva luz de la verdad de Dios para los hombres. Ante esa paradoja se nos pide también a nosotros el valor de una respuesta.
          La adoración estará caracterizada por tres rasgos: encuentran al niño y le aceptan como signo de Dios; confían en la palabra del ángel, creyendo en su evangelio (nacimiento de un salvador); y terminan glorificando a Dios. La historia ha comenzado en Dios, que les ha puesto en camino hacia el niño del pesebre; desde el niño, aceptando el evangelio, todo vuelve a conducirles hacia Dios, a quien alaban por su obra salvadora.
          Ante el relato de los pastores, el texto de Lucas nos ofrece dos respuestas. Están a un lado los curiosos, que se admiran por lo extraño del suceso. Está en el otro la figura de María, que conserva todas estas cosas, las medita en su interior y reconoce (va reconociendo) la presencia de Dios en el enigma de su hijo envuelto entre pañales, recostado en un pesebre. Esta actitud contemplativa contrasta con la exultación gozosa de los pastores. Pero este pequeño contrapunto es de gran importancia, porque por María comprendemos que, a pesar de la gran manifestación de Dios, el hombre está siempre delante del misterio, realidad que debe acoger con el respetuoso silencio de la fe.



 



 

PARA LA REFLEXIÓN Y EL DIÁLOGO

  •   ¿Cómo nos situamos ante el relato, con actitud de simple curiosidad, o como María y los pastores, con actitud contemplativa?
  • Reconozco en el signo, “pañales y niño pequeño”, la grandeza de la manifestación de todo un Dios?
  • ¿A qué me compromete el reconocimiento del Dios Salvador en la pequeñez del “niño”?








     

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