Domingo III de Adviento Ciclo A:“¿Eres tú el que tenía que venir?”
(Mt 11,2-11)

 

  La Palabra de Hoy

1ª Lectura: Isaías 35,1-6.10

  “Vuestro Dios viene en persona a salvaros”  

 Salmo 145
  “Dios mantiene por siempre su fidelidad”

2ªLectura:    Santiago 5,7-10                             
  “Tened paciencia porque la venida del Señor está próxima”

Evangelio: Mateo 11,2-11
   “¿Eres tú el que tenía que venir o hemos de esperar a otro”















 


 

 

PALABRA DE VIDA

          En el tercer domingo de Adviento se nos invita a alabar con alegría y júbilo a un Dios que es fiel a su Palabra. Esta fidelidad se concreta en su predilección por los desfavorecidos y oprimidos. Es este el rostro divino que Jesús revela con sus acciones, muy en consonancia con la tradición profética que nos muestra Isaías.
          Juan el Bautista se presentó en el desierto de Judea predicando un "bautismo de penitencia para la remisión de los pecados". Fue un predicador penitencial. Esto ya lo sabe el lector del evangelio. Pero la razón última de su misión estaba en anunciar "al que había de venir", el que era más fuerte que él y a quien él no era digno de desatar la correa de su sandalia. Juan había tenido ya algún contacto con Jesús. Más aún, según el cuarto evangelio, le había presentado oficialmente como "el cordero de Dios que quita el pecado del mundo". No obstante, en la misma mentalidad de Juan, ¿hasta qué punto realizaba Jesús aquello que los judíos esperaban del Mesías? La actividad de Jesús ¿se identificaba con la figura del Mesías tal como el Bautista se lo imaginaba? Hay razones serias para dudarlo y una de ellas la tenemos en la embajada que, desde la prisión, hace llegar a Jesús a través de sus discípulos.
          ¿Eres el que había de venir? Para nosotros, la expresión indica evidentemente la culminación de todas las esperanzas en la persona del Mesías. Se había convertido en frase técnica para describir el tiempo mesiánico y designaría o bien "el profeta" que había de venir (Deut 18, 15) o al Mesías en persona. Los judíos no habían vinculado a esta expresión un significado tan denso, aunque la idea de su venida "en el nombre del Señor" era una convicción generalizada.
          Jesús, en su respuesta, se limita a citar la Escritura (Is 35, 5-6; 61, 1). Una respuesta excesivamente concentrada y que nosotros diríamos así: todas estas cosas estaban anunciadas en el Antiguo Testamento para los días del Mesías, pero todas estas cosas están siendo realizadas por Jesús, luego, han llegado los días mesiánicos en la persona de Jesús. Efectivamente, él es el que había de venir. Es la conclusión lógica que debía deducir el Bautista.
          Por si el texto no tuviese la suficiente claridad Jesús añade: dichoso aquél que no se escandalice de mí. ¿Por qué? Probablemente por el contraste entre lo que se esperaba, mucho más en la línea del sensacionalismo, y lo que veían realizándose en su persona. La advertencia de Jesús está en la línea de la identificación entre su persona y su palabra. La palabra de Jesús no puede separarse de su persona ni la persona de su palabra. Por algo es la Palabra (Jn 1, 1). Sólo quien comprende su palabra comprenderá su persona y viceversa. Quien no lo entiende así, permanecerá a oscuras ante el misterio de la persona de Jesús. La razón de escandalizarse de él está en su humildad. ¿Es éste el camino hacia Dios?, ¿un camino de sufrimiento y de cruz? El mismo Pedro se escandalizó y, con su escándalo, escandalizó a Jesús (/Mc 8,31ss). El mismo escándalo ante el que sucumbieron sus paisanos de Nazaret (Mc 6,3) y sus mismos discípulos ante la pasión (Mc 14, 27); el escándalo de la cruz del que nos habla San Pablo (1 Cor 1, 23; Gál 5,1). Terminada su respuesta, Jesús hace la presentación del Bautista.
          Cuantos salieron al desierto atraídos por su predicación no vieron en él una caña agitada por el viento, es decir, Juan no era de esas personas que se doblegan fácilmente ante amenazas o promesas. Era un hombre íntegro e inflexible ante el mal. Tampoco se presentó Juan como una figura celeste con atuendo regio al estilo de lo que esperaban los judíos para cuando llegasen los días mesiánicos. Juan era un profeta. Pero un profeta singular.
          Era el mensajero, el heraldo que había de venir a anunciar la presencia del Mesías y a preparar sus caminos (Mal 3, 1). Era el precursor del Mesías. Todo esto quería decir que, efectivamente, había llegado el que tenía que venir. Que había sido inaugurada la era mesiánica, el mundo nuevo creado por Dios por su última y definitiva intervención en la historia.
          Juan era el precursor del que había de venir. En ser precursor estaba su grandeza y su pequeñez. ¿Cómo explicar que el más pequeño en el reino de los cielos es mayor que Juan? Por supuesto, que no desde la categoría personal de cada uno. Aquí se nos está diciendo que el reino de Dios pertenece a un nivel distinto al nuestro. Para pertenecer a él, a ese mundo nuevo, es necesaria una nueva intervención de Dios en el hombre, un nuevo nacimiento (Jn 3. 3ss). Esto nadie, ni el más grande de los hombres puede lograrlo por sí mismo. Sin embargo, el más pequeño e insignificante a los ojos humanos, en quien se haya realizado este nuevo nacimiento, esta nueva existencia, es mayor que la personalidad más destacada, como era la de Juan.


 



 

PARA LA REFLEXIÓN Y EL DIÁLOGO

REAL PARROQUIA SANTA MARÍA MAGDALENA -SEVILLA-

 

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