Domingo II de Adviento Ciclo A:“Convertíos”
(Mt 3,1-12)

 

  La Palabra de Hoy

1ª Lectura: Isaías 11,1-10

  “Saldrá un  renuevo del tronco de Jesé. Sobre él reposará el espíritu del Señor”                            

 Salmo 71
  “Que florezca en sus días la justicia y haya prosperidad”

2ªLectura:    Romanos 15,4-9                              
  “Cuanto fue escrito en el pasado, lo fue para que tengamos esperanza”

Evangelio: Mateo 3,1-12
 “Arrepentíos, porque está llegando el Reino de los Cielos”















 


 

 

PALABRA DE VIDA

           Las lecturas de este domingo nos colocan delante de la palabra profética que apunta los rasgos fundamentales del Mesías y prepara su llegada en la historia y  conciencias de los hombres. La llegada del Mesías es acompañada del gran don del Espíritu, que transforma al hombre colmándolo de sabiduría, fortaleza y amor, nos dirá Isaías. El resultado es un mundo nuevo, habitado por una fraternidad universal, en donde “nadie hará daño, ni nadie hará mal... porque la tierra estará llena del conocimiento del Señor, como cubren las aguas el mar” (Is 11,9). Juan Bautista, el austero profeta del desierto prepara con su anuncio los caminos del Señor, anticipa la predicación de Jesús: “Convertíos porque ha llegado el Reino de los Cielos” (Mt 3,2). Hay una exigencia: la única manera de acoger al Mesías que está por llegar es “enderezar nuestras sendas”, liberarnos de falsas seguridades y reorientar la ruta de nuestra vida según la voluntad de Dios.
          Todos los evangelistas cuentan con la actividad del Bautista como previa a la de Jesús. Cada uno lo presenta desde un punto de vista y los diversos aspectos de esta figura singular nos proporcionan otros tantos elementos para reconstruir su extraordinaria personalidad. Mateo acentúa el aspecto de predicador que lleva a cabo su quehacer al estilo profético. Los profetas antiguos se distinguían tanto por sus vestidos ásperos como por la austeridad de su vida (2 Re 1, 8). El Bautista entra en escena como un predicador penitencial.
           Mateo introduce a Juan Bautista en acción y después lo presenta. De esta forma resalta más el mensaje transmitido (v.2) que la identidad del mensajero (vs. 3-4). Como los otros evangelistas, también Mateo resalta el impacto y acogida del mensaje (vs. 5-6), pero a partir del v. 7 tiene un punto de mira propio: fariseos y saduceos. Ellos, en exclusiva, son los destinatarios del desarrollo del mensaje. Fariseos y saduceos representaban las dos corrientes religiosas más representativas de la sociedad judía. Los fariseos, con sus fraternidades laicales, empeñadas en el más estricto cumplimiento de la Ley, interpretada ésta de acuerdo a una tradición que buscaba acomodar los principios a las situaciones siempre cambiantes; los saduceos, con su sacerdocio y su culto en el Templo y con su fundamentalismo religioso que sólo tenía en cuenta la Ley escrita, sin la dinámica de la tradición.
          Fariseos y saduceos son objeto de crítica en su calidad de corrientes religiosas que apelaban a su pertenencia al Pueblo de Dios. No os hagáis ilusiones pensando que sois descendientes de Abrahán. A pesar de esa pertenencia se les acusa de no dar frutos adecuados de conversión y por eso se les amenaza con la llegada del día del Señor, una llegada en la que precisamente ellos tenían depositada la máxima esperanza. Se les dice que esa llegada es inminente en la persona del que tiene toda la fuerza y la autoridad de Dios para discernir los corazones.
          Por encima de los inevitables modelos culturales y religiosos, lo significativo en el texto de hoy es la necesidad de conversión en los miembros del Pueblo de Dios. A fuerza de manida, la afirmación ni nos sorprende ni nos inquieta. Quisiera, sin embargo, indicar que la categoría y altura morales de los destinatarios de la exigencia de Juan hacen de ésta una sorpresa, en el mejor de los casos. ¿De qué tenían, en efecto, que convertirse unas personas que, como los fariseos, se caracterizaban por un estricto cumplimiento de la Ley? Hasta tal punto era ejemplar su cumplimiento que constituyeron un modelo y un reclamo moral en todo el ámbito greco-romano. Es ciertamente sorprendente exigir conversión a unas personas así.
          Por eso mismo la conversión que se les pide tiene que ir por derroteros distintos de los de la buena conducta. No es que ésta se excluya; sencillamente se da por supuesta. Ser miembro del Pueblo de Dios presupone ser buena persona, es decir, cumplir los mandamientos. La buena conducta pertenece a los presupuestos, no a la esencia del creyente. La conversión que se le pide a un miembro del Pueblo de Dios ahonda sus raíces en el complejo y misterioso mundo de las estructuras de la conducta. Se trata de un cambio de mentalidad y de talante; de un modo de ser, de orientarse y de estar situado diferentes a los modos al uso. La cercanía de una persona diferente como es Jesús exige también personas diferentes. Lo que no sea esto equivaldrá a tener el mundo que tenemos, pero no el Reino de los cielos.
          Las palabras del Bautista cobran actualidad en Adviento: “Arrepentíos”, “preparad el camino”. De nuevo resuenan hoy con fuerza y nos i9nvita a convertirnos, a cambiar de mentalidad y de conducta, a redescubrir nuestra condición de bautizados.


 



 

PARA LA REFLEXIÓN Y EL DIÁLOGO

  • “Está llegando el Reino de los cielos” ¿Qué significa y qué lugar ocupa en mi vida todo lo concerniente al Reino de Dios?
  • “Voz que grita en el desierto” ¿Cómo puedo ser una voz que anuncie buenas noticias en medio de mi ambiente?
  • “Dad frutos que prueben vuestra conversión” ¿Qué frutos estoy dando en este momento de mi vida para que mi voz sea creíble y el Reino siga llegando?







     

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