Domingo XXX del Tiempo Ordinario Ciclo C:“Ten compasión de mi”
(Lc 18,9-14)

 

  La Palabra de Hoy

1ª Lectura:  Eclesiástico 35,15-17.20-22

  “La oración del humilde atraviesa las nubes”                        

 Salmo 33
  “Cuando el humilde clama al Señor, Él lo escucha”

2ªLectura:    2 Timoteo 4,6-8.16-18                                
   “El Señor me asistió y me confortó”

Evangelio: Lucas 18,9-14
     “Dios mío, ten compasión de mí, que soy un pecador”














 


 

 

PALABRA DE VIDA

            Las lecturas de hoy tienen como hilo conductor la oración. Los textos coinciden en que el Señor no hace oídos sordos a la oración de los humildes, a quienes le suplican desde la dificultad. Dios atiende los gritos del pobre, del oprimido, del huérfano y de la viuda. Jesús prefiere la sencilla oración del publicano que la palabrería orgullosa del fariseo. Dios parece entender mejor las palabras que brotan de un corazón humilde.
             Se han dado muchas interpretaciones diferentes a la parábola del fariseo y del publicano. No obstante, no van necesariamente hasta el fondo de las cosas. En primer lugar, se ha encontrado una nota escatológica sobre todo en razón del último versículo (v. 14). El juicio último pondría de manifiesto la elevación de los humildes y la humillación de los orgullosos. Sin embargo, este versículo es puesto con tanta frecuencia en labios de Cristo  que cabe considerarlo como una especie de estribillo que viene a rimar regularmente las principales enseñanzas del Señor.
             Se ha querido ver igualmente en este pasaje una lección sobre la oración, que debe ser humilde y no apoyarse en los méritos personales, sino sobre la iniciativa de Dios.  De hecho, la parábola es primero y ante todo una lección: un pecador penitente es más agradable a Dios que un orgulloso que se cree justo.
             Puede descubrirse, más allá de los dos personajes de la parábola, la oposición entre dos tipos de justicia: la del hombre que se concede a sí mismo un "piropo" personal cuando cree haber cumplido perfectamente sus obras, y la que Dios otorga al pecador que se convierte. La oración que Cristo pone en labios del fariseo es un modelo que se vuelve a encontrar a veces en términos equivalentes en los documentos rabínicos contemporáneos: el orante no formula ninguna petición, sino solo palabras de gratitud por la certeza que tiene de encontrarse en el camino de la felicidad eterna. Al escuchar esta oración, los oyentes debían reconocer: ¿qué se puede criticar en este texto? La oración del publicano se inspira en el Sal 50. Refleja una profunda desesperación que los oyentes de Cristo debían comprender perfectamente, porque, para ellos, la postración del publicano no tenía solución. ¿Cómo podría realmente obtener su perdón sin cambiar de oficio y sin reembolsar a todas las personas expoliadas por su actuación? Su caso es realmente desesperado; la justicia se le niega definitivamente.
            La conclusión de Jesús se pronuncia contra la opinión de su auditorio: Dios es el Dios de los desesperados y el hombre que recibe la justicia es precisamente quien no tiene ningún derecho a ella (v. 14), puesto que ni siquiera ha reparado su falta, o restituido lo robado. Contraponiendo el "justo", que cree poder justificarse por sí mismo, a quien no puede obtener su justificación sino mediante el abandono en Dios, esta parábola prepara la teología paulina de la justificación que Dios concede a quienes no pueden justificarse a sí mismos (Rom 3, 23-25; 4, 4-8; 5, 9-21). Esta justificación se obtiene por medio de la cruz de Cristo (Rom 5, 19; 3, 24-25; Gál 2, 21) y el bautismo es su instrumento (Tit 3, 5-7; Rom 6, 1-14; Ef 4, 22-24).
           Indudablemente, la de Jesús es una crítica frontal al pueblo de Dios allí donde este pueblo se siente más firme y seguro: su relación con Dios. Es esta relación la que Jesús cuestiona y lo hace decantándose por unas personas oficialmente no religiosas, pero que saben sencillamente abrirse al Dios a quien nunca creen merecer, porque lo han descubierto y experimentan maravillosamente grande. Este es el Dios de Jesús, el mismo del Magnificat de María (Lc 1. 48-52, donde aparece el mismo vocabulario del v.14 de hoy).
 



 

PARA LA REFLEXIÓN Y EL DIÁLOGO

  • El fariseo y el publicano se dirigen a Dios desde actitudes bien distintas ¿Con cuál de estos personajes me identifico más en mi relación con Dios? ¿Por qué?
  • Cuando rezamos ¿con qué actitud lo hacemos? ¿De qué situaciones de la vida brota nuestra oración? ¿Qué le pedimos a Dios?
  • En un mundo de apariencias, la oración del publicano rebosa sinceridad y autocrítica ante Dios ¿Qué podemos hacer para vivir más ambas actitudes?




     

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