Domingo XXVIII del Tiempo Ordinario Ciclo C:“¿Dónde están los otros nueve?”
(Lc 17,11-19)

 

  La Palabra de Hoy

1ª Lectura:  2 Reyes 5,14-17

  “Reconozco que no hay otro Dios en toda la tierra”                     

 Salmo 97
  “Cantad al Señor un cántico nuevo”

2ªLectura:   2 Timoteo 2,8-13                                  
   “La Palabra de Dios no está encadenada”

Evangelio: Lucas 17,11-19
   “Levántate, vete; tu fe te ha salvado”














 


 

 

PALABRA DE VIDA

           Todo el camino de Jesús por la vida es un encuentro con la miseria humana, un triunfo de su misericordia y su poder sobre el mal, movido por la fe y la obediencia a su palabra. De los diez leprosos liberados sólo uno, el samaritano, vuelve para expresar su reconocimiento a Jesús. Sólo él lleva su fe hasta el final al glorificar a Dios reconociendo en Jesús la epifanía de Dios, la revelación personal de su poder y de su misericordia para con los hombres. Sólo él recibe la salvación como un don, como una gracia, sólo él ha tomado conciencia de su indignidad para ser sanado. Y sólo él, el extranjero, recibe, por la fe, con la salud, la salvación.
               El comienzo del evangelio de hoy viene a recordarnos que seguimos en perspectiva de camino o, lo que es lo mismo, que Lucas sigue ofreciéndonos actitudes características de un caminar en cristiano. Hoy lo hace a través de un relato exclusivo de este autor. Diez leprosos solicitan de Jesús compasión. Lo hacen a distancia, debido a su condición de enfermos contagiosos e inhabilitados para la convivencia social. Lo que sigue a continuación tiene la impronta del tercer evangelista. Jesús envía a los leprosos a la instancia sanitaria para que ésta certifique su curación y permita a los curados su incorporación a la convivencia social.
            Los leprosos eran en la época de Jesús los seres más despreciables. Estaban proscritos y permanecían completamente aislados. Vivían en cavernas a las orillas de los camino y comían lo que los peregrinos le arrojaban. Eran considerados impuros y no aptos para vivir en sociedad. No se podían acercar a nadie, bajo riesgo de morir si incumplían las prescripciones. Prácticamente, no eran considerados seres humanos.
               Ante esta situación, de enfermedad y marginación, Jesús no les dice que estén curados, sino que se presenten a los sacerdotes. Los leprosos se fían de Jesús. Lucas presenta, pues, el milagro como fruto de la confianza y de la disponibilidad de los leprosos. Confianza en la palabra de Jesús, aun en contra de la evidencia externa. De camino, todos quedan curados, pero únicamente uno se regresa.
               El leproso que retorna a Jesús sabe que quien le ha dado la sanación vale más que la institución a la que ha sido remitido. Reconoce a Jesús por encima de otras instancias de Israel. El leproso entiende que Jesús lo ha reintegrado a la comunidad humano, no importando que como leproso y extranjero fuera un doble marginado. Frente a Jesús se postra y reconoce al hombre de Galilea que ha sido su redentor.
               Jesús en seguida encara a la aldea por su actitud: solamente el leproso extranjero ha mostrado tener una fe verdadera. Unicamente el que ha regresado reconoce que en medio del pueblo, Dios ha puesto una instancia superior. La fe del hombre enfermo y marginado es la que le permite ser completamente redimido. Los otros nueve han corrido detrás de sus opresores, sólo el extranjero se ha puesto a los pies de su Liberador.
               Con nuevos matices el texto incide en la temática del domingo pasado. El matiz fundamental lo aporta el personaje. No se trata en realidad de alguien nuevo en la obra de Lucas. Al comienzo de la sección del camino nos encontrábamos con el buen samaritano, cuya actitud contrastaba con la del clero. En ambos casos se da el mismo contraste de comportamiento, en detrimento siempre de los miembros del Pueblo de Dios. Cabe, pues, hablar de una llamada de atención por parte de Lucas a los miembros del Pueblo de Dios. Caminar en cristiano pueden hacerlo también personas a quienes no se les tiene por miembros del Pueblo de Dios. A la inversa, miembros reconocidos como tales pueden no tener un caminar cristiano.
               En la línea del domingo pasado, una característica de este caminar es la fe. En consonancia con la primera parte del texto la fe aparece como un fiarse de la palabra de Jesús. Pero como ya hemos visto, no es esta dimensión de la fe la que Lucas quiere resaltar hoy. Le interesa más la fe en cuanto apertura asombrada a Dios. Se trata de una dimensión fundamental en toda relación interpersonal. Asombrarse es reconocer y admirar en el otro todo lo que de bueno y valioso hay en él, independientemente de lo bueno y valioso que pueda haber en uno mismo. El asombro jamás establece comparaciones; es admiración absoluta.
               El texto presenta al samaritano alabando a Dios. Jesús dice de él que es el único que ha vuelto para dar gloria a Dios. Alabar y dar gloria a Dios son expresiones equivalentes que designan el asombro ante Dios, su reconocimiento y admiración totales. Si toda relación interpersonal tiene algo de salvadora, esto es total en la relación con Dios. De ahí las palabras de Jesús al samaritano: "Tu fe te ha salvado".
              La salvación está abierta a todos -judíos y samaritanos, judíos y gentiles-, pero es necesaria esta actitud de saber reconocer la propia pobreza ante el don de Dios y al mismo tiempo la actitud de alabanza y agradecimiento.




 

PARA LA REFLEXIÓN Y EL DIÁLOGO

 

REAL PARROQUIA SANTA MARÍA MAGDALENA -SEVILLA-

 

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