Domingo XXIII del Tiempo Ordinario Ciclo B:Hace oír a los sordos y hablar a los mudos (Mc 7,31-37)

 

 

  La Palabra de Hoy

1ª Lectura: Isaías 35,4-7

  “Los oídos de los sordos se abrirán; la lengua del mudo cantará”                      

   Salmo : 145
  “El Señor abre los ojos al ciego”

2ªLectura:    Santiago 2,1-5

  “El Señor eligió a los pobres según el mundo para hacerlos herederos del Reino”

Evangelio:  Marcos 7,31-37
   
“Hace oír a los sordos y hablar a los mudos”


   

 

 

PALABRA DE VIDA

     La Palabra de Dios de hoy, como la del domingo pasado, sigue empeñada en ser Buena Noticia para el hombre, liberadora y esperanzadora. En períodos de castigo divino, los profetas permanecían mudos: no se proclamaba la Palabra de Dios porque el pueblo se tapaba los oídos para no oírla (1 Sam 3, 1; Is 28, 7-13; Lam 2, 9-10; Ez 3, 22-27; Am 8, 11-12; Gén 11, 1-9). El mutismo está, pues, ligado a la falta de fe: el mudo es muchas veces sordo con anterioridad. Pero si los profetas hablan, y hablan abundamentemente, es señal de que han llegado los tiempos mesiánicos y de que Dios está presente y la fe ampliamente extendida (cf. Lc 1, 65; 2, 27-29).
     Ahora, en este pasaje, del evangelio se  narra el encuentro de Jesús con un hombre “sordo que, además hablaba con dificultad” (v. 32). Es llevado ante Jesús por otros, y le ruegan al Señor que le imponga las manos porque este hombre está sumido y envuelto en el silencio, no puede oír ni hablar.
Jesús  se lo lleva aparte, “a solas” (v. 33a), para evitar toda apariencia de magia en sus gestos y en sus palabras. Lo importante no es el sensacionalismo de la curación, sino el mismo hecho de devolverle sus capacidades naturales de hablar y oír a una persona. Tratándose de un sordomudo, cuya capacidad intelectual está condicionada por un defecto físico congénito, Jesús utiliza una serie de gestos, conocidos en la práctica curativa del ambiente, para atraer su atención y despertar su conciencia en relación a la curación: le mete los dedos en los oídos y le toca la lengua con saliva (v. 33b). Jesús entra en comunicación con aquel hombre mediante el contacto, comunicándole con ello que quiere curarlo. Pero lo decisivo del milagro va a ser la palabra de Jesús: “Levantando los ojos al cielo, dio un gemido y dijo: ‘Effatá’, que traducido significa ‘!Ábrete!’” (v. 34).
     Con la palabra de Jesús se produce la transformación en el enfermo: “Se abrieron sus oídos y, al instante, se soltó la atadura de su lengua y hablaba correctamente” (v. 35).  La finalidad de este relato está en subrayar la eficacia de la palabra de Jesús. Como la palabra creadora de Dios, que ha hecho surgir la vida en medio del caos y las tinieblas (Gén 1), el mandato de Jesús rompe el silencio caótico y mortal que envolvía a aquel hombre y lo hace salir de su incomunicación, devolviéndole sus facultades naturales de escuchar y de hablar, medios imprescindibles para la vertiente social del hombre. No sólo se le devuelven las capacidades relacionales, oír y hablar, sino que se le quita el elemento excluyente y discriminatorio: la mudez.
     De nuevo viene el silencio mesiánico: “les mandó que a nadie se lo contaran” (v. 36). Jesús no pretende el sensacionalismo ni el que lo “nombren” rey y Mesías, sino que para él lo importante es mostrar la misericordia y el poder vivificante de Dios en la llegada del reino, no el exhibicionismo. La gente no se calla, no podían dejar de comunicar lo que habían presenciado: “mientras más se lo prohibía, más ellos lo publicaban” (v. 36). El texto  se encarga de decirnos, al final, el contenido de la proclamación popular: “Todo lo ha hecho bien; hace oír a los sordos y hablar a los mudos” (v. 37). No son palabras con miras triunfalistas de vertiente político-mesiánico, sino que son el reconocimiento gozoso del poder de Dios, como Dios en la obra de la creación, que vio que todo era bueno (Gén 1). Por tanto, la salvación mesiánica y la llegada del reino con Jesús es, en efecto, el inicio de la nueva creación.
     A través de este gesto salvífico de curación, y con su palabra, Jesús devuelve al hombre la dignidad perdida, lo abre a una vida de relaciones justas y fecundas con los demás y con Dios.
 

     

PARA LA REFLEXIÓN Y EL DIÁLOGO   

  • Muchas veces tengo sorderas y mudeces para acoger el evangelio, para ver un mundo plural y comunicarme con él. ¿Me identifico con el sordomudo del evangelio cuando pienso en mi proceso de fe? ¿Qué trabas y bloqueos me han impedido responder a la llamada del Señor?
  • Decimos que fuera de la Iglesia hay muchos sordos y mudos ante el evangelio, pero ¿cómo abrirles los oídos y labios, con qué gestos? ¿Nos preocupa el hecho en sí?
  • El evangelio es apertura y comunicación, ¿qué  palabra liberadora y de esperanza llevo yo al mundo?
























     

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