Domingo X del Tiempo Ordinario Ciclo B: “Quiénes son mi madre y mis hermanos”
 (Mc 3,20-35)

 

 

   La Palabra de Hoy

1ª Lectura: Génesis 3.9-15

  “¿Has comido del árbol del que te prohibí comer?”                       

   Salmo : 129
  “Del Señor viene la misericordia”

2ªLectura:  2ª Corintios 4,13-5,1

  “Tenemos una casa hecha por Dios, una morada eterna en los cielos”

Evangelio:  Marcos 3,20-35
   
  “El que cumpla la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre”


   

 

 

PALABRA DE VIDA

           La Palabra de hoy, nos revela cuál es el plan amoroso de Dios y la respuesta ingrata del hombre con el rechazo. Pecado, en  el génesis, significa dar la espalda al orden creado por Dios, convirtiendo lo que era armonía, dulzura y bondad, en acusación y hostilidad.  Este esquema aparece reflejado en el evangelio, donde las palabras de Jesús, las curaciones y gestos, provocan la admiración y adhesión de muchos, pero también la incomprensión en sus familiares y la calumnias de los maestros de la ley judíos. A pesar de esto, encontramos esperanza en el evangelio. Jesús convoca una nueva fraternidad , con el nexo común de querer la voluntad del Padre, y en la segunda lectura se nos recuerda la promesa de  una casa eterna construida por Dios en los cielos.
          El tema esencial de este Evangelio es el combate entre los dos espíritus. Para la tradición judía, el mundo está entregado a merced del espíritu del mal por voluntad de los hombres que le siguen. Pero los últimos tiempos verán la aparición del Espíritu de bondad, que orienta al hombre hacia el bien y le abre el camino hacia el reino. El hecho de que Cristo arroje a los demonios es señal de que ese Espíritu de bondad está ya actuando en el mundo (Mt 12, 28).
          Los escribas no niegan que Jesús arroje a los espíritus malos, sino que, en lugar de ver en ello la presencia del Espíritu bueno, se inventan una explicación de lo más peregrina: que seguramente es en nombre del jefe de los demonios como Jesús expulsa a los demonios subalternos (v. 22). Para Jesús, esta interpretación equivale a blasfemar contra el Espíritu Santo, negando su presencia en el mundo y negándole la capacidad de reconstruir un mundo nuevo. Este pecado no tiene perdón, porque quien comparte una afirmación así no puede formar parte del Reino, puesto que niega precisamente la misión del Espíritu, que es el único que puede instaurar el Reino (vv. 28-30).
          El caso es que existen los dos espíritus y el combate que libra Cristo es justamente el del "más fuerte" contra el "fuerte" (versículo 27). Los fieles toman parte en ese combate optando por el uno o por el otro: ahora bien, optar por el espíritu de Dios es escuchar su Palabra y ponerla en práctica (vv. 33-35) adquiriendo el compromiso de practicar todas las rupturas necesarias -aun cuando sean familiares- para llevar a feliz término este proyecto.
          Después de haber instituido a los Doce (Mc 3, 13-20), Cristo encuentra a su familia (Mc 3, 20-21 y 31-35). La oposición entre los apóstoles y la familia de Jesús es frecuente en los Evangelios, eco sin duda de las querellas que separaron a unos de otros sobre la sucesión del Mesías (cf., además, Jn 7, 2-4; Lc 11, 27-28). De hecho, esta oposición entre los "hermanos de Jesús" y sus "apóstoles" ilustra la cuestión de la fe. Los conciudadanos de Cristo, y especialmente su familia, no comprenden su enseñanza (Lc 4, 25). Ni la vista de los milagros, ni las victorias de Jesús sobre Satanás les hacen cambiar de parecer. Cristo no puede desde entonces más que fundar una nueva familia; la pertenencia a esta es cuestión de libertad y no de lazos naturales, de escucha de la Palabra y no de sentimentalismo.
          El hombre ha sido creado para responder, mediante la fidelidad, a la iniciativa amorosa de Dios. Y como libre que es puede ser infiel y traicionar su vocación. Eso es el pecado. Pero la experiencia que el hombre saca de ese pecado es la de una especie de solidaridad que es anterior a cada uno de nosotros, una solidaridad que puede abarcar incluso a otras criaturas distintas del hombre: los demonios y la misma Naturaleza. Pecar es introducirse conscientemente en esa solidaridad casi cósmica.
Pero el hombre ha sido creado libre; y no puede, por tanto, ser juguete de otras criaturas, ni siquiera espirituales. Esto es lo que ha venido a revelar Cristo liberándose de la solidaridad cósmica que le rodeaba en cuanto hombre y liberando a sus hermanos de los lazos de los poderes demoníacos. Y no fueron precisamente sus exorcismos los que hicieron efectiva esa liberación, sino, más fundamentalmente, su obediencia victoriosa de la tentación y de la muerte.
          Mientras espera la manifestación clara de esta victoria, el cristiano se encuentra entre dos fuerzas contradictorias: o sucumbe al pecado y se hunde en la primera, o escucha la Palabra y la obedece, con lo que elabora la solidaridad del Reino nuevo.
Esta audición de la Palabra toma cuerpo en la liturgia de la Palabra y su realización en la obediencia constituye el contenido del sacrificio espiritual ofrecido en la Eucaristía.



 

   

         

    


 

 

     

PARA LA REFLEXIÓN Y EL DIÁLOGO   

  •   Unos tachan a Jesús se estar poseído por un demonio, otros que estaba loco, ¿qué decimos nosotros de Jesús desde lo que hemos leído en el evangelio?
  • Se mos pide cumplir la voluntad de Dios ¿cómo se hace esto presente en mi vida? ¿De qué manera vivo pendiente de escuchar, discernir y cumplir la voluntad de Dios?
  • ¿Qué compromisos me exige el pasaje que hemos leído?


















     

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