Domingo XV del Tiempo Ordinario Ciclo A: “Salió el sembrador a sembrar”
(Mt 13,1-23)

 

   La Palabra de Hoy

1ª Lectura:   Isaías 55,10.11 

“Para que de simiente al que siembra”                              

  Salmo 64,10-14
  “Cuidas la tierra, la colmas de abundancia”

2ªLectura:    Romanos 8,18.23    
  “La creación espera anhelante”

EvangelioMateo 13,1-23
  “El que tenga oídos que oiga”

 


 



 


 

 

PALABRA DE VIDA

          Para explicar que la fuerza transformadora del mundo no llega a través del medio humano, sino gracias al don poderoso de Dios, la Palabra de Dios usa un símil agrícola. Este don sobrepasa todas las expectativas. En definitiva, se nos pide a los discípulos de Jesús ser sembradores esperanzados.
          La parábola del sembrador es una de las más conocidas del evangelio, y ello lleva al error de pensar que no nos va a decir nada nuevo. Pero, una vez más, nos ofrece la semilla de la Palabra de Dios, siendo ahora la tierra la que ha de acoge y fecundar para dar fruto, importando bien poco la cantidad: “ciento, sesenta o treinta”.
          Jesús continúa enseñando, pero lo hace en un lenguaje parabólico. Este lenguaje, lo mismo que todo símbolo, abre la puerta a interpretaciones muy diversas. Así, resultará tanto más fácil a los espíritus tercos encerrarse en sus propias ideas y quedarse en la historieta, ignorando su significado,  y a la inversa, los espíritus abiertos, los corazones dóciles, serán discretamente introducidos en el conocimiento de una doctrina profunda: de unos "misterios".
          Hay, pues, personas que no acogen como conviene la palabra de Jesús.  Y esto puede ser vivido como un  fracaso ¿No es la palabra de Dios lo que Jesús trae? ¿Y la palabra de Dios puede ser tan limitada, tan ineficaz e infructuosa? No se trata de ir a buscar la explicación de este drama en la in-significancia de la Palabra o en su ineficacia.    
          El evangelista conoce todo esto: está, pues, seguro de que la semilla, símbolo de la Palabra, es capaz de dar frutos abundantes. No hay más que un solo motivo que pueda explicar la esterilidad de una semilla echada en la tierra o la ineficacia de la Palabra predicada a los judíos: la pobreza del suelo que recibe el grano, o en otras palabras, las malas disposiciones de los oyentes.
       En cuanto a estas malas disposiciones, Mateo dice varias cosas. En primer lugar, las nombra: inconstancia, afanes de este mundo, seducción de la riqueza. Ve en ello, además, el efecto de la actividad disimulada del Maligno, una causa entre otras. Porque advierte sobre todo que la Palabra se halla en el centro de un conflicto. Hay persecuciones que hacen vacilar a los oyentes inconstantes y que son provocados por la Palabra. Esta tiene, asimismo, adversarios que luchan encarnizadamente contra ella, en un conflicto permanente. Y es que el fracaso que Jesús conoció, mal recibido por los judíos incrédulos, lo experimenta la Iglesia a su vez; pero el profeta Isaías había ya pasado por esa dolorosa experiencia (Is. 55. 14-15). El combate de la Palabra y de la incredulidad viene desde los más remotos tiempos de la historia del pueblo de Dios y parece que ha de durar tanto como esa historia.
          Este combate lleva a fracasos repetidos que preocupan al evangelista. Pero al autor le interesa más otra cosa: el éxito maravilloso que, en último término, obtiene la proclamación de la Palabra. Porque el Evangelio, rechazado, perseguido, combatido ya ha "triunfado". En el seno de un mundo incrédulo, existe hoy una comunidad de discípulos. El inmediato entorno de Jesús era, en un principio, el signo modesto de un cierto éxito de la palabra de Jesús; pero a partir de entonces, todos aquellos que en todos los tiempos, especialmente hoy, se tienen por discípulos de Jesús, son signos de que la Palabra da sus frutos. Tras el "vosotros" (v.11), se oculta, en efecto, toda la Iglesia, se oculta incluso el auditorio que escucha hoy nuestro comentario del Evangelio.
          Más que en los adversarios obstinados, Mateo se fija con entusiasta atención en los discípulos de Jesús; los ve vivir en medio de un mundo (v.38) incrédulo: "aquellos que..." (v.12). Los ve, sin embargo, colmados: "A vosotros es dado". Y puesto que en ellos el "don" se ha demostrado eficaz, se les da cada vez más: "A quien tenga se le dará". Este don pródigamente concedido es el de un conocimiento supremo: "conocer los misterios del Reino de Dios". Este conocimiento ilumina toda la vida; gracias a él, sabrán los discípulos hacer las opciones que se imponen y participar como conviene en el combate de la Palabra. Y es cierto que tras la explicación de las vicisitudes que atraviese el Reino al implantarse en el mundo, se oculta un mensaje decisivo: el mensaje pascual. Porque la aventura de la Palabra, constantemente desdeñada, perseguida pero siempre viva y eficaz, semejante al grano de trigo que debe "morir" para dar fruto (Jn 12,24), ¿no es el misterio de Pascua? El conocimiento de tales misterios es un privilegio del que los discípulos deben ser conscientes. Lo que los cristianos oyen en la proclamación del Evangelio, lo que ven en la experiencia cristiana, hay muchos hombres que no pueden verlo ni oírlo. Aun los Profetas, esos privilegiados del A.T. y con ellos, por lo tanto, todo el pueblo de la Antigua Alianza, no pudieron, a pesar de sus deseos, obtener semejante revelación de los "caminos" de Dios, de los secretos de su Reino.
          Esta parábola, al igual que muchas otras parábolas de Mateo, tiene algo de doloroso, de dramático incluso: ¡tanta semilla perdida, tanta palabra rechazada! Pero no percibir los sonidos alegres con que resuena, sería entenderla mal. Aunque no esté permitido permanecer insensibles a esa tragedia que constituye la evangelización y a sus "fracasos", cuyos perdedores son los hombres, ¿sería lícito no dejar resonar nunca en nosotros, acogidas con una profunda humildad, estas palabras de esperanza.

          El texto finaliza desvelando a los discípulos lo oculto de la parábola, y por consiguiente, lo que Mateo considera importante en la misma. Lo significativo está en los lugares receptores: vereda, pedregal, maleza, terreno fértil. Los tres primeros tienen en común su falta de productividad. Esto es precisamente lo que hay que evitar. La parábola del sembrador en la versión de Mateo es una invitación a ser terreno fértil. No importa la cantidad producida; eso depende de mil circunstancias e imponderables. Lo verdaderamente importante es el ser productivos.

      

PARA LA REFLEXIÓN Y EL DIÁLOGO

  •  “Dichosos vosotros por lo que ven vuestros ojos y por lo que oyen vuestros oídos” ¿Percibes que Dios siembra en tu vida su Palabra? ¿Con cuál de los distintos terrenos te identificas más?
  • “Un grano dio cien, otro setenta, otro treinta” ¿Qué dificultades encuentras en ti mismo a la hora de dejar que la Palabra fructifique en tu vida?
  • ¿Te has sentido alguna vez sembrador frustrado?


























     

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