Domingo V de Cuaresma Ciclo A: “Yo soy la resurrección y la vida”
(Jn 11,1-45)

 

   La Palabra de Hoy

1ª Lectura:  Ezequiel 37,12-14 

  “Infundiré en vosotros mi espíritu, y viviréis”                   

 Salmo 129
  “Yo espero en el Señor con toda mi alma”

2ªLectura:   Romanos 8,8-11                 
  “El que resucitó a Jesús de entre los muertos hará revivir vuestros cuerpos mortales”

Evangelio:    Juan 11,1-45
    “El que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá”

 


 



 


 

 

PALABRA DE VIDA

         
          Después de una Cuaresma tan bautismal como hemos tenido a través de las lecturas, la Palabra de Dios de hoy nos ayuda a celebrar y actualizar la vida nueva que recibimos en esa fuente  regeneradora. Ezequiel se hace portavoz de un Dios que saca a su pueblo de la tumba y le infunde su Espíritu para que vida. Pablo nos recuerda que, si vivimos según el Espíritu de Cristo, Dios nos hará participar en su mismo destino de resurrección. En el evangelio de Juan es el mismo Jesús el encargado de liberar a su amigo Lázaro de las ataduras de la muerte, revelándose así como “Resurrección y vida”.
          A la hora de interpretar un texto del cuarto evangelio hay que tener en cuenta la peculiar técnica de composición empleada por su autor: yuxtaposición de un doble plano, de superficie y profundo. El plano de superficie es el de la dimensión empírica de los acontecimientos: es el plano de los interlocutores de Jesús. El plano profundo es el del significado que los acontecimientos encierran dentro de sí. El significado nunca es empírico ni verbal; hay que descubrirlo y hacerlo palabra y esto es obra del intérprete.
          “Esta enfermedad no ha de acabar en la muerte; es para gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella” (Jn 1,4). El sentido de estas palabras no es inmediatamente evidente. Se esclarecerá más adelante a través de la siguiente afirmación: "No hay amor más grande que dar la vida por los amigos" (Jn 15,13). Juan puede poner legítimamente esta afirmación en labios de Jesús, porque responde a algo concreto vivido por Jesús. En efecto, la muerte de Lázaro va a ser el motivo determinante de que Jesús vaya a Judea (Betania dista unos tres kilómetros de Jerusalén, v. 18). Ahora bien, dadas las circunstancias (cf. vv. 8 y 16), Jesús no puede ir a Judea sin grave riesgo para su vida.

          La demora de dos días en ir a visitar al amigo (v. 6) no obedece a una conciencia sabedora de su poder; sería un juego sádico por parte de Jesús y no explicaría adecuadamente su llanto posterior. La demora tiene otra explicación: el cerco mortal que los adversarios de Jesús han montado en torno a Él. Por eso nos estremece tanto el llanto de Jesús por su amigo muerto: expresión dramática de amor y confesión impotente de una forzada tardanza (v.35). Pero el amor por su amigo puede más que el cerco y al fin Jesús consigue burlarlo; aunque sólo momentáneamente, porque la visita la terminará pagando con su propia vida (cf. Jn 11, 49-50.53). Para Jesús es más importante un amigo que la propia vida. Esto lo demuestra prácticamente: desafía a la muerte yendo a ver a Lázaro.
          Ahora bien, para Juan el amor constituye la esencia misma de Dios (cf. 1 Jn 4. 8); el amor es la gloria de Dios. El desafío a la muerte que supone el ir a ver a Lázaro es el timbre de gloria que manifiesta quién es Jesús. Ahora podemos entender el v. 4. La enfermedad de Lázaro no es para muerte, sino para manifestar palpablemente la gloria de Dios, es decir, el amor que Dios tiene, revelado a través de su Hijo (cf. v. 42). La visita a Lázaro es la ocasión de la glorificación de Jesús, es decir, la ocasión que va a propiciar la posibilidad de amar desafiando a la muerte. De ahí que en el cuarto evangelio la glorificación vaya unida a la muerte; más aún, en la muerte consiste precisamente la glorificación.
         De esta manera, el relato de la muerte y resurrección de Lázaro, Juan lo ha compuesto en clave simbólica: Lázaro es símbolo de Jesús. Y lo que es más importante para el hombre: Lázaro es símbolo de la destrucción del destino inexorable y de la fatalidad. El hombre no es ya un ser para la muerte. El símbolo es una realidad en Jesús: El es la resurrección y la vida (v. 25). Qué fantástico sería si a la pregunta "¿Crees esto?", respondiéramos como Marta: "¡Sí, Señor: yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo!" (v. 27).
          El relato nos presenta la acción significativa de un Dios que se manifiesta partidario de la vida. Jesús se expresa como alguien tremendamente humano a quien un profundo dolor le hace llorar. Cristo convierte en realidad la metáfora de Ezequiel. Cristo pasó por la vida abriendo sepulcros y resucitando muertos. Todo tipo de muertos. El es la Resurrección. Un cuadro plástico inmortal: Vida y Muerte enfrentados en el sepulcro de Lázaro. Un signo concentrado de esa interminable partida de ajedrez entre la muerte y la vida. ¿Qué hay que destacar más en Jesús: sus gestos humanos o su poder divino? Jesús es el que llora por un amigo y es el "Yo soy". ¿Quieres ser amigo de Jesús, el que abre los sepulcros? Pues sólo te pide una cosa: creer.

 


 



 

PARA LA REFLEXIÓN Y EL DIÁLOGO

  • “Yo soy la resurrección y la vida” ¿Qué te ha aportado este pasaje a la hora de conocer mejor a Jesús? ¿En qué sentido te ayuda a madurar como creyente?
  • “El que cree en mi, aunque haya muerto vivirá”. ¿En qué notas que la fe en Jesús es para ti fuente de vida?
  • “Todo el que esté vivo y crea en mi, jamás morirá”. ¿Qué significa para ti vivir ya como resucitado?















     

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