Domingo IV de Cuaresma Ciclo A: “Creo, Señor”
(Jn 9,1-41)

 

   La Palabra de Hoy

1ª Lectura:  1 Samuel 16,1.6-7.10-13 

  “Levántate y úngelo porque es éste”                 

 Salmo 22
  “El Señor es mi pastor”

2ªLectura:   Efesios 5,8-14                 
  “En otro tiempo erais tinieblas, pero ahora sois luz en el Señor”

Evangelio:    Juan 9,1-41
   “Fui, me lavé y comencé a ver”

 


 



 


 

 

PALABRA DE VIDA

         
          En la Palabra de hoy se nos dan dos nuevos símbolos bautismales: la unción con aceite y la luz. Así, el profeta Samuel ungió a David como rey de Israel, acción mediante la cual entró en él el Espíritu del Señor. El evangelio nos presentará a Jesús como luz del mundo que ilumina los ojos de un ciego de nacimiento, abriéndolos así a la fe. Pablo nos recuerda que el bautizado se ha identificado con Cristo, muerto y resucitado.
          En la fiesta de las Tiendas, en la que el atrio del templo se iluminaba con antorchas, veremos hoy un nuevo signo en el que Jesús se revela como “luz del mundo”. Un ciego de nacimiento recupera la vista. En cambio, los fariseos, que presumen de ver con claridad, permanecen en las tinieblas.
          El ciego de nacimiento evoca una situación progresiva y diversa. El encuentro con Cristo se realiza en una dimensión de colectividad. Junto al ciego andan sus padres, testigos del hecho de su ceguera congénita y de su actual capacidad de ver, tras el milagro obrado por Jesús. Y entre unos y otros aparecen los fariseos, los que finalmente representan en la interpretación de Juan los verdaderos "ciegos" que no quieren ver. Hay en el fondo de esta narración evangélica una presentación de la dimensión colectiva del pecado. La humanidad se encuentra misteriosamente enrolada en una historia en la que el "pecado del mundo" parece tener sus manifestaciones misteriosas, difíciles de atribuir sólo a una responsabilidad personal. Ante el mal que significa la ceguera congénita, se apunta a la posibilidad que sea un efecto del pecado del ciego mismo o de sus padres.
          Se buscan respuestas al misterio del mal, al misterio del pecado. Hay una "ceguera" fundamental que impide a la persona y a la colectividad leer los signos de Dios en la historia, comprender el misterio de la existencia. Hay una ignorancia colectiva y popular, la que representa el ciego, sus padres, los vecinos y los que le daban limosna. Y hay una ignorancia más sutil, cultivada, asumida con teoría y como rechazo de la verdad, incluso cuando aparece con la evidencia de un milagro. Es la de los judíos. Los unos y los otros, el ciego y los que no lo son como él, de nacimiento, necesitan ser liberados de una "ignorancia" existencial que influye colectivamente en juicios, modos de comportarse, actitudes ante la verdad de Dios y del hombre. Los unos a los otros se echan las culpas.
          Hay responsabilidad personal, pero hay también una especie de conjura o de ineluctable influjo colectivo en la situación de pecado en este mundo. Pecado colectivo como fruto de pecados personales. Pecados personales, definitivamente también influenciados hasta coartar la libertad, por el peso del pecado colectivo de teorías, ideologías, rechazos, opinión pública. Sólo el encuentro personal con Cristo puede iluminar la situación de pecado, liberar de las responsabilidades personales y de las intrincadas participaciones comunitarias y sociales en el pecado del mundo. El encuentro con Cristo no sólo libera de toda ceguera ante el misterio del mal físico y psíquico, ofreciendo una clave de aceptación del misterio, sino que arranca a la persona de esa sutil ceguera moral y espiritual en la que se instala quien rechaza a sabiendas la luz. Sólo el encuentro personal libera de los efectos colectivos del mal y del pecado. Sólo a partir de una adhesión a la luz de Cristo, el cristiano se hace hijo de la luz, neutraliza con su vida el pecado del mundo, puede irradiar en las tinieblas de este mundo la luz de la verdad, luz para todo el misterio de este mundo en su acepción colectiva.
          En el episodio del ciego de nacimiento hay también una progresiva revelación de Cristo. Se le reconoce como un hombre, como profeta, como Mesías, como alguien que procede de Dios. Mientras se abren progresivamente los ojos del ciego, no sólo a la luz del sol y de la vida sino también a la comprensión de la palabra y de la persona de Jesús, se va agudizando, por rechazo, la ceguera de los enemigos de su predicación, empecinados en no querer ver la luz. Contraste evidente entre un ciego de nacimiento que ve y unos videntes que quieren ser ciegos ante la luz. También aquí la revelación de Jesús llega a una personalización: Yo soy la Luz del mundo. En la palabra y en la obra de Jesús, en su persona, tenemos la salvación personal y colectiva de esa ceguera que envuelve a la humanidad, a partir del pecado que envilece la capacidad intelectual del hombre y lo lleva a sumergirse, a sabiendas, en el mundo de las tinieblas, en el rechazo de la luz como norma y forma de vida. Jesús salva siendo Luz del mundo.

         
 


 



 

PARA LA REFLEXIÓN Y EL DIÁLOGO

  • “Creo, Señor” ¿Cómo vives tu propio proceso de fe? ¿Te ayuda a verlo más claro el testimonio del ciego de nacimiento?
  • “Yo soy la luz del mundo” ¿En qué momentos de oscuridad has experimentado a Jesús como luz?
  • “¿Acaso también nosotros estamos ciegos?” ¿Te atreves a responder a esta pregunta? ¿Qué cegueras percibes en ti y en la sociedad?














     

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