Santo Domingo en Soriano y La curación milagrosa del beato Reginaldo de Orleans

    En marzo de 1626, Francisco de Zurbarán recibe el encargo de nada menos que veintiún lienzos para el convento de San Pablo de Sevilla. La que sería la primera de sus grandes empresas pictóricas vendría a satisfacer la necesidad de los frailes dominicos de toda una serie de cuadros destinados a diversas dependencias del convento. Catorce de ellos estarían referidos a la vida de Santo Domingo de Guzmán, mientras otros representarían a los padres de la Iglesia, entre varios asuntos más. De todos ellos, algunos se conservan fuera de las dependencias del antiguo convento, y solo dos permanecen en el inmueble para el que fueron creados: el que representa la escena de Santo Domingo en Soriano y el que recoge el episodio de la curación milagrosa del beato Reginaldo de Orleans, ambos pertenecientes a la serie de la vida del fundador de la Orden de Predicadores. Conservadas hoy en la capilla sacramental, se trata de las dos pinturas más destacadas de cuantas atesora actualmente la parroquia.

    La primera de ellas narra un episodio sobrenatural ocurrido el 15 de septiembre de 1530 en el convento dominico de Soriano, al sur de Calabria. Aquel establecimiento de la orden había permanecido muy aislado y pobre, tanto que solo poseía una mala pintura del fundador sobre el altar y los frailes añoraban conocer el aspecto de su fundador. De madrugada, fray Lorenzo de Grotteria, sacristán del convento, se disponía a preparar lo necesario para el rezo de maitines, cuando vio en la sacristía a dos señoras que le hacían entrega de un lienzo enrollado en el que estaba representado el vivo retrato de Santo Domingo de Guzmán. Más tarde, Santa Catalina, también protectora de la orden, se apareció a los frailes para explicarles que las dos señoras eran la Virgen María y Santa María Magdalena. En el lienzo se simultanean ambas apariciones frente al fraile que asiste a la escena.

    El otro lienzo aborda un hecho igualmente prodigioso acaecido en Roma en los primeros años de existencia de la orden. Estando presente en la Ciudad Eterna el futuro beato Reginaldo de Orleans, cayó muy enfermo de unas fiebres que hicieron temer por su vida. Santo Domingo lo visitó y oró por su curación, pero fue la Santísima Virgen en compañía de Santa María Magdalena y Santa Cecilia, quienes se aparecieron al ya moribundo fraile, ungiéndole la Virgen con óleo y produciendo el hecho milagroso de su curación cuando los médicos daban su vida por perdida. En ese mismo episodio la Virgen mostró al fraile cómo había de ser el hábito de la orden, abandonándose así la primitiva sobrepelliz y adoptándose el escapulario de lana blanca.

Pedro Manuel Martínez Lara

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