Virgen de las Fiebres

    Entronizada en un retablo del primer cuarto del siglo XVIII se encuentra esta imagen policromada y estofada de talla completa y bulto redondo, que mide 1,38 m, y que es obra de Juan Bautista Vázquez “el Viejo” (1510-1588), fechándose hacia 1565. Se trata de una obra renacentista de acentuada verticalidad y enorme influencia italianizante, apareciendo la figura de María al modo de una matrona romana y presentando el Niño en su modelado la grandiosidad miguelangelesca, formando un bloque compacto e indisoluble en lo volumétrico y en lo psicológico por lo maternal. Observamos en la obra un cierto manierismo de la alargatura característico de este autor, que repite en otras composiciones exentas de la Virgen con el Niño, como en la Virgen del Facistol de la Catedral de Sevilla de 1565 y la Virgen de la parroquia de Lebrija de 1577. Así mismo también son características suyas las manos fuertes con nudillos, la actitud manierista del contraposto que imprime un movimiento suave, el tratamiento de los paños que acentúan el movimiento en espiral de la figura por estar tratados en pliegues de banda estrecha que se ciñen al cuerpo y la morfología del cabello finamente ondulado.

La imagen actual sustituye a otra anterior gótica de barro cocido, destruida en el siglo XVI tras el derrumbe del templo acaecido por hundirse parte de la techumbre. El nombre de esta advocación mariana viene de la necesidad de encomendarse al maternal amparo de la Virgen frente a la enfermedad; a este respecto, consta que el infante don Felipe en 1324 hizo una copiosa limosna para el exorno de su capilla, alcanzando auge su devoción en época de Pedro I “El Cruel” (1334-1369), cuya madre la reina María de Portugal (1313-1357) se encomendó por la curación de su hijo con todo éxito, colocándose en señal de agradecimiento una imagen orante de plata a los pies de la Virgen que tras la victoria de su hermano bastardo Enrique II de Trastámara (1334-1379) sería retirada de la capilla del convento. La Virgen de las Fiebres tuvo un enorme éxito devocional vinculado a la buena salud y la curación durante la Baja Edad Media y la Edad Moderna, debido a las múltiples epidemias de peste que asolaron el Reino de Sevilla, como la de 1649 en la que falleció la tercera parte de la población de la ciudad. Constituye esta imagen un hermoso testimonio del amor filial y la fuerte confianza en su protección que ha tenido siempre el pueblo de Sevilla hacia la Santísima Virgen.

Pedro Manuel Fernández Muñoz

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